Cada fin de semana, y en la semana si se puede, agarrados del manubrio y montado en dos ruedas nos lanzamos al cerro con los amigos, y ahora último también con el Simón, mi hijo. La cuestión es que hay bastante gente que practica este deporte, pero no son tantos los que sienten esa inmensa pasión que significa hacer doler los huesos, mojar la tricota, romperse una costilla y llegar agotado a la casa.
Mi grupo de amigos bikers son todos de edad madura, profesionales y padres de familia que han descubierto esta actividad porque de alguna manera nos hace volver a unos cuántos años atrás. He visto a algunos bajar de peso y hasta teñirse el pelo oscuro, porque de verdad este tipo se ve más joven. Otro salió del ostracismo y ahora grita en cada bajada y lo celebra con un asado en su casa, con familia y todo. Otros nos hemos puesto obsesionados con encontrar el perno exacto de peso ligero y de diseño vanguardista para tunear la cleta y bajarle unos... 150 gramos al costo de unas... $150.000 lucas
Tanta es la pasión que si un fin de semana llueve, sentimos que algo nos falta. Y apenas se abre la primera carrera de la temporada, nos disfrazamos de ciclistas, amarramos los números al volante y hacemos latir el corazón por sobre las 160 pulsaciones por minutos según marque el Polar, reloj que todos tenemos, obvio.

El otro día llevé al Simón a su primea carrera un día de lluvia y barro. Hacía frío y le temblaban las piernas de nervios y por la baja temperatura. No quería correr, pero a esa altura estás en la largada y no hay vuelta atrás. Corrió como profesional, llegó a la mitad, lleno de barro en su cara y sus ropas, pero contento. Con una mano el paraguas y la otra con la cámara digital le tomaba fotos y videos y debo decir que corrí con él. Esa es la misma emoción que nosotros, los más viejos, buscamos sentir cada fin de semana cuando trepamos el cerro y llegamos exhaustos pero dichosos a nuestras casa y recuperamos las calorías con una chela, tinto y asado. Otra pasión, por lo demás.